Veintidós años produciendo noches en cuarenta y cinco países desde el rincón más oscuro de la sala.
Alguien decide qué noche va a ser esa noche. Alguien encuentra al DJ y negocia el caché. Alguien paga al diseñador que corta el vestuario y discute con él los plazos. Alguien ensaya a las bailarinas, cuadra el rigging, pelea el presupuesto con el dueño, cambia el cartel a las once porque ha cancelado uno, y a las dos de la mañana se queda de pie en un rincón mirando si la sala respira.
Ese alguien no sale en ninguna foto. No se sube al escenario, no firma el diseño, no baila y no pincha. Cobra para que todo encaje y por desaparecer cuando ha encajado. Durante veintidós años, en cuarenta y cinco países, ese alguien fui yo.
Y ahora lo digo una vez, porque es la última: nada de lo que se vio en esas salas lo hice yo solo. Lo hice contratando a gente que sabía más que yo de su oficio y dejándola trabajar. Eso es producir. No hay más secreto.
Cuando se encienden las luces y la sala se vacía queda esta gente, recogiendo. Nunca les aplaudió nadie. Van primero.
Si trabajaste en alguna de esas noches y no estás en esta lista, escríbeme y te añado. Va en serio.
Veinte años de facturas, riders y madrugadas. Nada de esto viene conmigo.
Un currículum tachado pesa menos que uno lleno.
No me arrepiento de nada. Pero ya no me sale.
Charlie Cult era un nombre comercial.
Este no.
Carlos Barón Llinares
A partir de ahora trabajo con mi nombre.
Sabrás de ello.